19.9.12

Dinosaurios de andar por casa: Y hoy, ¿qué comemos?


He ahí la cuestión: banal (para la mayoría), trascendental (para los sibaritas) y un auténtico quebradero de cabeza para las amas de casa (o el encargado de la intendencia en el nido, el piso compartido o cualquier lugar donde se ingiera comida). En invierno y en verano, de día y de noche, aquí y en las antípodas.

Porque desde que el hombre es hombre, y los dinosaurios lagartos terribles o amables cuellilargos, tanto los unos como los otros se han visto en la obligación de comer para subsistir: carne, pescado, verduras, frutas… Al principio en su estado natural. Con el paso del tiempo, cocinadas. Y ahí es donde aparece el germen de la duda y de la pregunta que da título a estas líneas. Porque ¿quién decide sobre dicho asunto, en cada casa, ¡diariamente!? Por si fuera poco, y con la que está cayendo, ¿cómo lograr ese objetivo sin dejarse un riñón (o dos) en la caja del súper? El rizo se transforma en largo tirabuzón cuando a todos esos problemas sumamos la existencia de “locos bajitos” que, nada más empezar a hablar, se aprenden una frase que repetirán, machaconamente, el resto de sus días: “eso no me gusta” (aun cuando ni siquiera sepan el nombre y la procedencia de la vianda depositada en el plato).

Afortunadamente existen cabezas pensantes (en nuestro maravilloso mundo capitalista) dispuestas a solucionarnos la vida en materia tan importante. Y gracias a esas mentes prodigiosas, cargadas de imaginación y de bondad comercial, asistimos perplejos a la transformación de un dinosaurio en una galleta, en un zumo tutti fruti o, lo mejor de todo, en pasta. ¡Con multitud de colores y formas! Sí, doy fe de ello. Lo que no doy es la marca para no hacer publicidad gratuita… Pero puedo confirmar, porque lo he visto y comido, que existen brontosauros verdes, diplodocus amarillos y alguna variedad más que por estar incompleta (cual excavación paleontológica) no supimos reconocer. Apenas bastan unos minutos de cocción en un buen caldo para que, hasta los más reacios a probar la sopa, disfruten del jurásico (o cretácico) manjar…

¡Ojalá fuera todo tan sencillo! Quizás si algún publicista avispado hiciera lo propio con políticos y banqueros los sencillos ciudadanos de a pie podríamos darnos el gustazo de “tragarnos”, por una vez, al pez grande. ¿Se imaginan los molares a pleno rendimiento, triturando opulentos prestamistas y diputados corruptos pequeñitos, rojos y azules…? No sé, quizás sufriéramos episodios de indigestión o incluso de envenenamiento…

Lo mejor será, de momento, seguir disfrutando de nuestros sabrosos dinosaurios en la sopa.

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Dinosaurios de andar por casa
Sonia Martínez Bueno